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  28 de Febrero de 2009
Carta a la oposición
 

El escritor pide grandeza a los referentes anti K para formar una lista única en octubre. Las archipiélagos políticos y el rol del Congreso.
 
Me tienta escribir un artículo cómico, lleno de chistes y tomaduras de pelo. Desde que recuperamos la democracia, la oposición fue al comienzo destructiva y saboteadora, después perdió ideas, más adelante se pulverizó y entre los escombros aparecieron algunas personalidades interesantes. Ahora pareciera recuperar protagonismo. En buena hora.

Pero no voy a escribir en clave humorística. El tema es serio. Sólo las mentes autoritarias se resisten a entender el rol fertilizante que tiene la oposición en una democracia. Por eso se suele decir que el electorado elige al gobierno y también elige a la oposición. Ambos tensionan un debate que provee oxígeno a la ciudadanía y conducen a mejorar la gestión de cualquier gobierno.

Es evidente que la ausencia de carriles opositores vigorosos dañan al conjunto y abren la tentación del absolutismo. Un mal nacional de nuestros últimos años, por desgracia.

Cuando se critican las innumerables trastadas del oficialismo, con razón surge la pregunta sobre el débil papel de la oposición. Esa pregunta viene cargada de reproches. La oposición argentina actual no sólo es un archipiélago de grupos y grupúsculos, algunos con historia y otros sin ella, provistos o desprovistos de figuras que susciten atractivo, sino incapaz de constituir un bloque unificado, visionario y eficiente.

En los últimos tiempos la decadencia del Gobierno y sus decisiones erráticas o testarudas, van dejando espacio para que se dilate la oposición. Esto es inevitable, porque también en política –como en el barroco– hay pánico al vacío. Ahora no sólo constituyen esta oposición partidos tradicionales o novísimos, sino desertores del kirchnerismo que aumentan de semana en semana prendiendo alarmas urticantes en la Casa Rosada y en Olivos. Pero hago una pregunta llena de ansiedad: ¿es suficiente? ¿es lo que el país necesita? ¿bastaría para quitarle prepotencia al matrimonio presidencial? ¿bastaría con una mayoría opositora que aún no se pone de acuerdo sobre sus coincidencias? Por supuesto que no.

Valoremos que hasta el momento –¡esto sí!–, pese a sufrir agravios de múltiples colores, nadie en su sano juicio preconiza acortar el tiempo que la Constitución ha conferido a Cristina Kirchner. Ella debe continuar en su puesto hasta el 10 de diciembre del 2011, "aunque sea con muletas", como dijo ese demócrata que fue Balbín ante la inminente caída de Isabel. No está en juego el sillón de Rivadavia. No queremos que se vaya antes de tiempo, porque sufriría otro agrietamiento nuestra pobre estabilidad institucional.

Por lo tanto, no está en juego –repito– la continuidad de la Presidenta. Aunque ella y sus acólitos son los "destituyentes" que pretenden quebrar nuestra Constitución mediante un vil serruchamiento al piso del vicepresidente que votó la ciudadanía. Sus desaguisados contra el vice ya forman un catálogo de la vergüenza nacional, con medidas grotescas de censura y ofensa contra su investidura y sus actividades por el sólo hecho de haber emitido un "voto no positivo" en aquella dramática noche del año 2008. Algunas de esas medidas alocadas inspirarían los delirios del realismo mágico. El rencor oficialista no advierte el daño que se inflinge a sí mismo con tantas barbaridades.

Pero esto forma parte del espacio vacante en permanente crecimiento que regala a la oposición. Los argentinos tenemos muchos defectos, es verdad, pero aún no somos totalmente idiotas. Tanta censura y odio de la Presidenta y su marido, terminan por transformarse en un bumerán. Lástima, de veras, porque el daño afecta a todo el país.

¿Qué viene en lo inmediato?

Vienen las elecciones legislativas de octubre.

Es un acontecimiento que podría convertirse en bisagra histórica. Las razones son muchas. En primer lugar, se trata de renovar gran parte del Congreso. En una verdadera república el Poder Legislativo es un pilar insustituible. La Argentina sufre la anemia de ese pilar. Senadores y diputados han permanecido más atentos a los mandatos del Poder Ejecutivo que a los intereses de sus verdaderos electores y representados, que son el pueblo. Han ocupado sus bancas de cara al trono y de espaldas a la ciudadanía que los eligió. Por eso el Congreso ha recibido el humillante calificativo de "escribanía" (con las debidas disculpas a esta profesión). El calificativo quiere decir algo que sabe hasta el más despistado: se dedica a dar fe y poner la firma de negocios que deciden otros, en este caso, quienes ocupan el Poder Ejecutivo.

No pudo ser más elocuente la senadora salteña Sonia Escudero en su renuncia al bloque kirchnerista. Dijo: "Este bloque ya no existe. Es un sitio donde se comunican las instrucciones recibidas de otro poder del Estado, donde ningún disenso es aceptable, y mucho menos respetado". "Sin un Congreso Nacional que ejerza plenamente su rol, perdemos la república y se instaura la dictadura".

Es muy grave. La Constitución exige a nuestra república que sea representativa, es decir, que el Congreso "represente" a los ciudadanos, no al Ejecutivo, ni se someta a sus dictados.

Por ende, en octubre tendríamos la oportunidad de volver a conquistar una república representativa. Ese Congreso aireado deberá cumplir una misión enorme y feliz: devolvernos a la ruta de la legalidad. Tendrá que suprimir los poderes extraordinarios que confirió al Ejecutivo cometiendo infame traición a la Patria. Tendrá que poner límite a los decretos de necesidad y urgencia. Tendrá que inyectarles energía a los organismos de control, porque ahora el Ejecutivo se empeña con impudicia creciente en controlar los organismos que deben controlarlo a él. Tendrá que modificar el Consejo de la Magistratura, para que no sea más un instrumento sometido a las conveniencias coyunturales del Ejecutivo. Tendrá que abolir las retenciones (que sólo benefician a la demagogia del poder de turno) para que iniciemos un crecimiento potente y sostenido; la Argentina tiene una oportunidad inédita en esta crisis mundial para ser receptora de capitales destinados a la agroindustria, que sólo vendrán si hay categóricas pruebas de seguridad jurídica. Y la lista sigue.

Pero mi Carta no puede extenderse demasiado.

Voy al punto que no debo esquivar, y es la conformación de una oposición fuerte, confiable y creativa.

Repito algo sabido: no es una elección presidencial. ¡No, no y no! Basta de preguntar a cada político si quiere ser presidente. Los "presidenciables" deben dar un paso al costado y aguardar hasta el año 2011. ¡Ahora es el turno del Congreso, de los senadores y los diputados! Un Congreso que ponga de pie nuestra vapuleada república convertida en republiqueta, nuestro Poder Legislativo rebajado a escribanía, nuestra Justicia asustada, nuestro federalismo amputado, nuestra libertad de expresión censurada en forma directa o indirecta, nuestros controles a los funcionarios controlados por esos mismos funcionarios, una corrupción en aumento, y así en adelante. Todo esto no va a ser corregido por una oposición fragmentada.

Ha llegado el momento de ser patriotas. De postergar intereses mezquinos. De pensar en grande.

Las muchas denominaciones políticas no tienen por qué perder o diluir su identidad. Merecen crecer y mejorarse. Pero tienen la obligación –en esta circunstancia excepcional– de unirse para recuperar una República Representativa y Federal.

Pareciera que ya ha comenzado a levantarse el bendito andamiaje de dos grandes bloques opositores al que Ramón Puerta identificó por los ADN de la vieja división bipartidaria: justicialista y radical. Se está superando el archipiélago informe. Es una tarea correcta, porque acerca posiciones y personas. Pero tampoco alcanza, porque aún dominan actitudes egoístas y el acento va puesto contra el actual oficialismo kirchnerista. El kirchnerismo es un capítulo lamentable, pero breve de nuestra historia. Nos ha hecho perder oportunidades, ha empobrecido y descalificado a nuestra nación, generó la fuga de capitales, desconfianza exterior e interior, destruyó la productividad agroindustrial, aumentó la pobreza, los disvalores, el miedo, la inseguridad y la corrupción. Pero no basta con combatirlo. Debe durar hasta diciembre del 2011, aunque ajustado al pleno mandato de la Constitución.

Si en octubre van dos grandes bloques como oposición y el kirchnerismo como oficialista, es posible que este último llegue a obtener un punto más que cada uno de los otros dos, porque dispone de recursos sanctos y non sanctos. Entonces dirá que obtuvo la victoria y mantendrá su actual corrosivo sometimiento del Poder Legislativo. Nada se habrá ganado.

En cambio todo será diferente si el arco opositor, desde un extremo al otro extremo, superando cuestiones secundarias, elabora un Programa Patriótico basado en los documentos inteligentes que ya se han difundido como, por ejemplo, el del "Foro del Bicentenario". En ese Foro independiente han trabajado juntos figuras de las más diversas ideas, pero unidos por un entusiasta fervor argentino.

Socialistas, radicales, liberales, justicialistas, el PRO, radicales K y otras denominaciones deben sentarse a trabajar juntos de una buena vez, sin enfrentamientos dañinos y estériles, para que, instalados en el Congreso como un solo bloque –el Bloque Patriótico–, cumplan con su misión de devolvernos una República Representativa y Federal, con el mismo entusiasmo que en 1983 recuperamos la democracia.

¿Cómo se forma una lista única de toda la sana oposición? Por sorteo o por alternancia, o por prestigio o por lo que se les ocurra. Pero la lista debe ser única, con el claro mandato de un Progama preciso, una suerte de pacto sagrado. Un compromiso sin grietas.

El Programa Patriótico debe apuntar al futuro, al progreso real en todas las áreas y a la transparencia administrativa. No combatir al kirchnerismo, sino superarlo. Sólo se necesitan 12 o 15 temas a cumplir. Sobre ellos hay más coincidencias de las que sospechamos. Y ellos son los que la sociedad aguarda con el corazón en la mano y la mano en el corazón. Suplico a los opositores que no pierdan el tiempo ni esta oportunidad.

 

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