02 de Mayo de 2002
Quien siembra vientos...
La conducta hipócrita de Yasser Arafat erosionó al poderoso movimiento pacifista israelí, que había sido su aliado, inclusive antes de Oslo. Millones de israelíes estaban dispuestos a realizar los más grandes sacrificios con tal de conseguir la paz. Habían votado por Barak y apoyarían sus audaces concesiones. Pero, después de haber cedido todo, les mandaba esta violencia imparable. ¿Qué quería Arafat? Estaban abrumados y confundidos. Quedaron mudos, hasta avergonzados de su ingenuidad.
Se convocó a una conferencia internacional en Taba, Egipto. Barak se sentía traicionado por quien había considerado un socio para la paz. Las negociaciones, por cierto, no llevaron a nada.
El callejón no tenía salida, porque los palestinos la bloqueaban con sus provocaciones diarias. Los israelíes se limitaban a responder a los ataques y los soldados tenían órdenes de evitar muertes. Pero no había caso.
Los medios de comunicación acudían a filmar los combates cuando los israelíes empezaban sus respuestas. Impresionó al mundo que soldados armados replicasen a grupos de niños y jóvenes con sólo piedras (apenas se veían los francotiradores que disparaban tras estos escudos). Arafat comenzaba a ganar la guerra mediática: él era la víctima, no el victimario que eligió este camino. Pero si pasaba un día libre de ataques palestinos, no había violencia. Si pasaban tres días sin ataques palestinos, no había violencia. Pero no se pudo lograr ni una semana sin violencia: era la estrategia de Arafat y sus colaboradores. La violencia le estaba dando un éxito fenomenal. No quiso siquiera frenarla. Cuanto más sangrienta, mejor.
Arafat fue también hábil en convencer al mundo de que Israel no se refrenaba en sus respuestas. Entonces Barak aceptó en varias ocasiones no responder a los ataques, para darle tiempo a ordenar el cese del fuego. Pero los ataques siguieron como si nada.
Arafat conseguía lo que buscaba. Su estrategia era impresionante. En pocos meses desprestigió al amistoso Barak, puso en agonía el movimiento pacifista israelí, agotó la paciencia que hasta ese momento tenía el pueblo de Israel y provocó el repentino ascenso de Ariel Sharon, un hombre con mala imagen internacional. Su consigna era vieja y eficaz: "Cuanto peor, mejor".
El cacareo de la ocupación israelí seguía siendo el argumento en que caían los desinformados: esa ocupación hacía rato que hubiese desaparecido si Arafat no la rechazaba en Camp David. Para Arafat era imprescindible que siguiera la ocupación israelí y que asumiera un gobernante duro. De esa forma incrementaba su imagen de pobre víctima, conseguía la adhesión mundial y descalificaba profundamente a Israel.
UN MONSTRUO LLAMADO SHARON
Un reduccionismo infantil atribuye a Sharon la causa de la horrible situación que enluta a palestinos e israelíes. Es el monstruo que impide un arreglo. Opinan que, sin él, las cosas serían distintas.
Es asombrosa la falta de memoria que padecen tantos comentaristas, incluso para episodios recientes.
Recordemos, por favor, que Ariel Sharon se convirtió en primer ministro cinco meses después de que los palestinos hubieron comenzado su innecesaria violencia, y la mantuvieron al rojo vivo pese a las concesiones y ruegos de Ehud Barak. Recordemos que la intransigencia palestina -estimulada por la distorsionada información de los medios- fue la que desesperó al pueblo israelí forzándolo a buscar la seguridad que Sharon prometía.
Últimamente intelectuales de nota llegaron a decir que Sharon es el peor enemigo de la propia Israel, porque sin sus criminales métodos las cosas volverían a la normalidad. Otros, que tratan de ser imparciales, lo comparan con Arafat. Dicen que Sharon y Arafat serían las dos cabezas de un mismo ogro. Si Arafat es culpable de sembrar los vientos que ahora arrasan, Sharon sería el culpable de que no cesen y se vuelvan más terroríficos.
Confieso que nunca simpaticé con Sharon; ya lo critiqué acerbamente cuando la guerra del Líbano. Pero no es un equivalente de Arafat, lo siento. Arafat es un autócrata y un corrupto, que no admite oposición ni prensa libre, y que no responde a una justicia independiente. Sharon es el premier de un país democrático, con un Parlamento que lo puede poner de patitas en la calle y una justicia que ya lo condenó por sus actitudes en el Líbano y podría meterlo en la cárcel si lo mereciera; está sometido a la constante crítica de sus opositores y de la prensa; no hace lo que se le antoja.
Sharon es un duro, por cierto. Pero debemos tener en cuenta que, como otros duros de Israel, está dispuesto a realizar sacrificios a cambio de la paz. Quienes conocen la historia de Israel saben cuánto anhelan la paz los israelíes. Cuando Menajem Beguin y Anwuar el Sadat firmaron su histórico acuerdo, Egipto exigió el desmantelamiento de la ciudad de Yamit, construida por Israel entre la Franja de Gaza y el Sinaí. Israel cedió a todo lo que pedía Sadat, incluso a algo tan resistido como evacuar la populosa Yamit. ¿Saben, mis apreciados lectores, quién se ocupó de sacar a los empecinados colonos judíos de Yamit? Fue el duro Ariel Sharon. Porque a cambio de esa evacuación lograba la paz.
EL ALIENTO DEL ODIO
Desde 1993 en adelante la Autoridad Nacional Palestina puso en marcha un doble discurso. La parte encubierta era su prédica de un odio sistemático a Israel y los judíos. No se diferenciaba de otros países árabes, donde circulan libelos antisemitas que provocarían el orgasmo de Hitler y Goebbels. Con la excepción de Marruecos, las comunidades judías fueron expulsadas, expropiadas y asesinadas en el resto de los países árabes tras la independencia de Israel. Su prensa repite mediante artículos y caricaturas las peores calumnias antisemitas de Occidente: los judíos usan sangre de niños para amasar el pan ázimo de Pascua, quieren dominar el mundo, son ladrones, tramposos y asesinos, etc. Esto es constante.
Yasser Arafat viajó en el año 2001 a la Conferencia Antirracista de Durban como líder de una campaña antijudía sin precedentes por su virulencia e irracionalidad. Su propósito era conseguir que Israel fuese deslegitimado. Las delegaciones de países musulmanes hicieron causa común en la distribución de panfletos y en la ferocidad de los discursos. Actuaban como los nazis, proyectando sus peores defectos: acusaban de nazis a los judíos. ¡El colmo de la desvergüenza! Volvieron a querer identificar el sionismo -legítimo movimiento de liberación nacional y social judío- con el racismo que ellos mismos eran los primeros en practicar. Por supuesto que no se acordaban de las discriminaciones que durante siglos aplicaron a los judíos, ni de la discriminación que aplicaban al Estado de Israel desde antes de su nacimiento.
PEOR QUE LA BOMBA NUCLEAR
A partir del año 1993, el mismo en que se firmaron los Acuerdos de Oslo, comenzaron las bombas suicidas en contra de civiles israelíes. Era algo tan incomprensible que hasta la prensa israelí las calificaba de accidentes.
Esta práctica fue restringida al comienzo, pero dada su contundencia para generar terror, se convirtió en la favorita de los extremistas palestinos.
Considero un grosero error llamar kamikazes a estos suicidas. Los kamikazes japoneses sólo se inmolaban para atacar objetivos militares. Su dignidad les vedaba provocar la muerte de civiles. En cambio, los suicidas entrenados y pagados por Hezbollah en el Líbano y por Hamás y la Jihad Islámica en los territorios palestinos lo hacen en forma electiva contra civiles: pizzerías, locales bailables, restaurantes, ómnibus, mercados, ceremonias religiosas. Mientras más bebés, niños, mujeres y gente de paso muera, mejor. Así procedieron en Buenos Aires, cuando volaron la embajada de Israel y la AMIA, sin importarles siquiera que las víctimas fuesen o no judías.
Les importa la parálisis. Les importa la desesperada impotencia que genera. Es "terror" en su expresión más depurada.
Los criminales suicidas ahora son llamados mártires por la Autoridad Palestina, que bautiza con sus nombres a plazas y calles. Los elogia y celebra en los medios de comunicación. Nada concreto hace para disuadir semejante locura, y mucho -en forma directa o indirecta- para estimular los homicidios.
El mundo aún no ha tomado conciencia del riesgo que significa esta arma nueva, de gran perversidad, para la civilización. En efecto, ¿quién nos asegura que en el futuro Estado palestino o en cualquier otro Estado musulmán no empiecen a dirimirse las disputas internas mediante el despacho de suicidas? Ya no se trata del bonzo que muere solo, ni del terrorista clásico que se arriesga pero aprecia su propia vida: se trata de criminales alienados que al desprecio de la vida ajena agregan el desprecio por la propia. Contra semejante arma no hay defensa.
Yasser Arafat, ante las presiones internacionales e israelíes, accedió a condenar -en inglés- semejantes atentados. Lo hizo en un artículo publicado el 3 de febrero pasado en el New York Times. Pero tres días antes dijo en árabe: "El movimiento Fatah glorifica con orgullo a su heroína mártir del campo de Alamari, la mártir Wafa Idris". Por la Voz de Palestina aseguró: "Estoy dispuesto a sacrificar 70 mártires para matar un solo israelí".
A quienes sostienen que estos suicidas asesinos actúan por desesperación, y que es el único recurso que les queda, pido que reflexionen. Esta desesperación pudo haberse borrado con otro liderazgo palestino hace por lo menos un año y medio. El Mahatma Gandhi demostró que la no-violencia puede sacudir al más poderoso de los imperios. Sin violencia cayó el Muro de Berlín. Sin violencia Martin Luther King logró romper la repugnante discriminación a la comunidad negra.
Todo líder árabe que quiere la paz con Israel encuentra buena disposición para lograrla. Sucedió con Anwuar el Sadat de Egipto. Sucedió con el rey Hussein de Jordania. Estaba a punto de suceder con Yasser Arafat.
Pero este hombre y su círculo de colaboradores prefirieron sembrar el odio, la muerte y el resentimiento. Es nuestra responsabilidad ver claro y salir de su trampa infernal. Que es, sin duda, una fenomenal trampa para el sufrido y confundido pueblo de Palestina. Y para millones que se duelen por las injusticias que están al alcance de una solución.
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