Lunes 6 de Octubre de 2003
De la consagración al disparate

VENECIA.- La famosa Bienal cumple un siglo de existencia y, al recorrer sus pabellones, recuerdo a los dos argentinos que fueron allí consagrados: Julio le Parc y Antonio Berni. Berni fue el primero, en 1962; lo premiaron por sus xilografías sobre Juanito Laguna; su éxito -como es habitual entre los argentinos- fue denostado por críticos y pintores que luego reconocieron su mezquino error. Julio le Parc fue elevado a las nubes en 1966 y demostró ser un innovador genial, cuya obra anunció y preparó infinitas obras de todo el mundo hasta el día de hoy.

En esta Bienal, como era esperable, abundan las sorpresas.

Di con el pabellón de Venezuela en el centro de los jardines, un hermoso pabellón, pero cerrado. El enorme cartel junto a la bandera, anunciaba: "Venezuela, un país en reconstrucción". Supuse que adhería al simbolismo que enmela al arte contemporáneo. Pero luego me enteré de que el artista escogido había presentado una visión de su patria que irritó a los funcionarios del gobierno, por lo cual se le aplicó una censura sin anestesia ni pudor. El artista fue a Venecia y se sentó de brazos cruzados en la entrada del clausurado pabellón en el día inaugural.

Otra perplejidad la deparó España, que consiguió los mayores espacios de prensa. Es también un pabellón central al que se ingresa con buen ánimo, pero enseguida se choca con el asombro: un muro de ladrillos cierra por completo el acceso. Entre ese hostil muro y la pared exterior existe un pasillo lleno de escombros y basura que, tal vez, se refieran a los escombros y la basura que envenenan el planeta. Al salir, tras la desilusión, aparece la persona a cargo del pabellón, quien indica que el ingreso es a la vuelta, si uno tiene pasaporte español. Suena ridículo, fui a la vuelta y otra persona, burocráticamente, repite la misma exigencia. La mayoría no lo tiene y, por lo tanto, no puede entrar. Pero luego me enteré de que quienes lograban ingresar, daban con un espacio vacío. En consecuencia, el mismo pabellón era la obra de arte, que simbolizaba lo que sienten los individuos que anhelan entrar a España y son detenidos por severas leyes migratorias. Era una imaginativa protesta que genera pasmo y rabia. Pero uno se pregunta: ¿esto es arte?

La Bienal ofrece de todo. También la estupidez.

Un artículo de Dave Barry sobre el arte contemporáneo británico -que me había hecho llegar Teresa Anchorena- revela el hilo que ahora une a este tipo de manifestaciones. En ninguna de ellas importa la belleza, la sensibilidad ni la irrepetibilidad que caracterizaba a la producción artística, porque éstos se han convertido en puntos de vista reaccionarios. El arte atraviesa un corredor sin sentido que expresa el sin sentido que invade al mundo. La originalidad consiste en escandalizar y conseguir prensa, aunque se presente una estulticia que eriza los pelos. Los ejemplos que brinda Barry sobrecogen, y no resisto dejar de mencionarlos.

Un artista llamado Martín Creed ganó el prestigioso Premio Turner, dotado con 30.000 dólares, por su trabajo titulado Las luces se prenden y apagan , que consiste en una sala vacía dentro de la cual las luces se prenden y apagaban. La célebre Tate Gallery pagó el equivalente a 35.000 dólares por una lata sellada que contiene los excrementos de un artista fallecido. El Times reporta que la conocida Fundación Paul Hamlyn ha premiado con el equivalente a 47.000 dólares a Ceal Floyer por su obra de arte consistente en una bolsa de basura. Su título es sincero: Bolsa de basura y, a juzgar por la foto publicada por el Times, se trata de una común bolsa negra de basura, igual a la que los vecinos sacan a la calle. La diferencia consiste en que los vecinos deben pagar para que venga un camión a recogerla y en cambio el inspirado señor Floyer recibió por la suya una buena cantidad de libras. Otra diferencia también radica en que la bolsa de Floyer está vacía: sólo "simulaba" la basura. Por esa innovación, que debió haber puesto al rojo vivo sus creativas neuronas, le dieron el suculento premio. Según el Times, la intención del artista era que el observador se preguntara si adentro de la bolsa había aire o basura. Pero lo que se pregunta el articulista al final de su nota es si los que firman cheques para esta Fundación están o no drogados.

Con nuestro pabellón

Busco en Venecia el pabellón argentino. Recordaba que desde casi los comienzos nuestro país alquilaba uno en el centro de la muestra, pero perdió ese beneficio -que permitía lucir la bandera nacional en lugar visible y hacer conocer a nuestros artistas- por dejar de pagar las obligaciones, como ya es nuestra costumbre. El año pasado todavía se lo pudo instalar cerca del Rialto, frente al Gran Canal, en un edificio llamado Fundaco dei Tedeschi. Pero ahora hemos sido expulsados a la periferia, a la isla Giudeca, con otros países latinoamericanos, sin figurar en los principales mapas de la Bienal. Pude llegar en vaporeto al convento de los santos Cosme y Damián, hermoso en sí, pero al que no concurren más de diez personas por día. Estaban las desoladas presentaciones de la Argentina, Ecuador, Panamá, Perú, el Salvador, República Dominicana. Podrá decirse que no vale la pena gastar en algo que ya no sabemos qué es. Pero, ¡cuidado! La Bienal de Venecia, con la sola magia de su ciudad y un entero siglo de permanencia, es un referente de primera magnitud.

El itinerario de la pintura moderna exhibida a lo largo de las últimas cuatro décadas se concentró en el Museo Correr, ubicado en la Piazza San Marco, llamada De Rauschenberg a Murakami (1964-2003) . El año 1964 fue decisivo para la Bienal y la historia de la pintura. Con audacia, Robert Rauschenberg testimonió que la mass media y la publicidad invadían todo el campo del arte. Surgió el Pop Art y el Op Art , que incorporaron técnicas y asuntos inusuales. Estallaron debates y controversias que no dejan de poblar esta Bienal. La retrospectiva muestra una ansiosa búsqueda y está ilustrada con obras cumbre de artistas como Renato Guttuso, el hiperrealismo de Franz Gertsch, el minimalismo de Robert Ryman y las experimentaciones de Andy Warhol, Francesco Clemente y Jean Michel Basquiat, así como las aproximaciones al ser humano de John Currin y Elizabeth Peyton. Culmina con el famoso Takashi Murakami, cuya combinación de inspiración japonesa, arte popular e imaginación óptica lo hacen único. Murakami es ahora el diseñador de Louis Vuitton, con lo cual el arte vuelve a revelar su asociación con el poder económico, como ocurre desde la Antigüedad y alcanzó pináculos de gloriosa productividad en el Renacimiento.

El retorno del arte a puntos que parecían sepultados se aprecia en el pabellón de Rusia, donde se expresa el contexto en que viven sus creadores luego de la implosión soviética y el fin de un arte dirigido por la burocracia. Se niegan a estar disueltos en discusiones filosóficas y no buscan legitimarse por otros recursos que su propia producción. Los cinco pintores que allí se aprecian figuran entre lo mejor que surgió en ese país durante la última década. En una suerte de Manifiesto aseguran que la identidad del artista no está enraizada en la búsqueda de la identidad, sino en la posibilidad de dar nacimiento a una única representación de imágenes y enriquecer la realidad con nuevas versiones.

La artista Michal Rovner es una de las más celebradas de la Bienal y a ella le dedicaron todo el pabellón de Israel. Con audacia avanzó hacia la relación entre el hombre, la biotecnología, la clonación, las guerras locales y agobiantes preguntas sobre el orden y el desorden de la humanidad. La experiencia que ofrece al observador comienza fuera del edificio, con una suerte de gran fresco o graffiti de cuatro líneas que repiten las mismas pequeñas figuras humanas en continuo movimiento, parecidas a jeroglíficos. Evocan un código secreto. En el interior oscuro existen grandes pantallas que muestran a esas mismas figuras que se unen y desunen. Luego se accede a una suerte de laboratorio donde están iluminadas cápsulas de Petri en las que las diminutas figuras se desplazan como microbios y realizan variadas corridas de acercamiento, abrazo, rechazo, peleas, caídas, expulsiones, tal como nos verían los extraterrestres. Incluso forman núcleos y protagonizan las mitosis. El recorrido culmina con una interminable cadena de miles de figuras que se tienen de la mano y se mueven con ritmo, pero en un simultáneo orden y desorden imposible de regular.

Francesco Bonami, director de la 50° Bienal de Venecia, afirmó que deseaba la producción de sueños que revelaran la locura de los conflictos, y así brindar una potente base simbólica para su superación. Por eso estimuló el fluir de la multiplicidad, diversidad y contradicción que expresan los enredos de la realidad concreta, los equívocos de las diversas visiones y el desborde de la emoción contemporánea. Como en las tragedias griegas, se permite el choque de elementos irreconciliables. Entre otros, el genio y la estupidez, a menudo entrelazados.


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