8 de Septiembre de 2005
El otro huracán
Desde nuestro aterrizaje en este país me han empezado a surgir varios temas muy interesantes, pero casi nadie habla de otra cosa que del huracán Katrina, el gran asesino, y de su inacabable rosario de consecuencias. Por un lado, se lloran las víctimas directas, pero por el otro una hidra de cien cabezas abofetea al goberno federal, al Congreso, a la espesa burocracia, a las autoridades de Louisiana y de los Estados vecinos por negligencias que no van a ser perdonadas. A esto llamo “el otro huracán”, también inclemente, cuya duración y graves sanciones no pueden calcularse aún.
Las inundaciones gigantescas se han inscripto en las mitologías de la humanidad con una fuerza que no sólo deriva de cataclismos probablemente ciertos, sino del pánico que transmiten de generación en generación con vívidas imágenes. A la historia de Noé en el Génesis y a la de Gilgamesh en Sumeria pueden añadirse las acuñadas en Grecia, donde dioses vengativos castigaban con lluvias torrenciales u ordenaban el crecimiento de los mares. Otra fuente, la céltica, narra que el lago Llion desbordó en forma rápida y brutal hasta producir la muerte de todo ser viviente, excepto a Dwyfan y a Dawfach, que tuvieron la inteligencia de concentrar en una enorme nave parejas de todas las especies zoológicas.
Puede que estos relatos sean variaciones sobre un mismo tema que difundieron navegantes temerarios, luego sometidos al filtro de la mentalidad local, o que hechos análogos hayan estimulado fantasías cercanas.
En otra área del mundo, en Kenya, una leyenda asegura que el océano logró condensarse tanto hasta caber en una pequeña vasija que estaba en un rincón de la choza donde vivía una familia pobre. El padre advirtió a su nuera que nunca osara tocarla porque allí había elementos de sus venerables ancestros. Pero la curiosidad es esta mujer –¿resulta conocido el prejuicio?– no pudo resistir la tentación, intentó averiguar qué contenía y la vasija explotó. De inmediato, el océano recuperó su monstruoso tamaño y ahogó en sus abismos todo lo preexistente.
Así como en la Biblia Dios advirtió sobre el Diluvio, en los Estados Unidos los servicios técnicos venían advirtiendo sobre el peligro que se cernía sobre Nueva Orleáns, una de las más bellas y queridas ciudades históricas del país, pero construida por debajo del nivel del mar, del que la protegían altos terraplenes y diques macizos. Noé escuchó y se puso a construir el arca según los consejos del único técnico entonces presente, que era Dios mismo. En los Estados Unidos no se escuchó a los técnicos, que anunciaban el peligro y urgían a tomar medidas ante la obsolescencia de los viejos diques. En consecuencia, llegó el huracán, produjo una catástrofe mayúscula y ahora se deberá pagar su costo económico, político y moral.
Se afirma, con razón, que Nueva Orleáns, cuna del mejor jazz, siempre vibró en un delicado equilibrio entre mar y tierra; orden y desorden; riqueza y pobreza; blancos y negros; la belleza del French Quarter, con el encaje de sus balcones antiguos, y los rencorosos barrios marginales; la estupenda comida criolla, rociada con el hurricane chispeante de ron, y las dietas miserables de quienes vegetan en los baldíos de la ignorancia y otras carencias. Y fue visitada por torrenciales columnas de turistas que gozaban de sus encantos, pero casi nada percibían de sus áreas miserables.
Uno de los efectos nobles del Katrina –si se puede hablar así– es que por primera vez la sociedad norteamericana en su conjunto ha tomado conciencia de que los bolsones de pobreza no se limitan a los homeless y psicóticos que deambulan en las grandes ciudades, sino que forman grupos considerables en el sur profundo. Constituye parte del “otro huracán” enterarse súbitamente de que el 28% de la población de Nueva Orleáns se encuentra por debajo de la línea de pobreza, comparada con el 9% que corresponde al resto del país; que el 24% de sus adultos son discapacitados, en comparación con el 19% del conjunto nacional (cifra que incluye las numerosas víctimas de guerra). Y ni hablar de la violencia y el desapego a la democracia representativa. Esas comunidades atrasadas son también parte de una nación que no las tenía en cuenta, porque pocas personas votan (el voto es voluntario) y no instalan en el Congreso representantes de gravitación. Por eso, avisos a toda página, con una pizca de culpa, afirman que “el pueblo de la costa del Golfo estaba allí por nosotros; ahora nosotros estaremos allí por ellos”.
Los norteamericanos son solidarios, no sería honesto negarles esta virtud. Enseguida comenzaron a brotar dólares destinados al Sur, tanto de individuos como de instituciones. Las confesiones religiosas han convertido a sus iglesias, sinagogas y mezquitas en centros de recaudación. El presidente, escoltado por Bush padre y Clinton, puso en marcha una campaña parecida a la que había lanzado ante los estragos del tsunami en Asia. Basta recorrer las calles y ver, en casi todos los negocios, bandejas donde la gente deposita con generosidad sus dólares, con la certeza de que ese dinero genera suficiente respeto para que nadie los toque o malverse.
Pero los méritos correspondientes a una cultura basada en los derechos individuales, que potencian la responsabilidad ante el prójimo, no oculta el hecho de que el azote de Katrina no sólo ha caído sobre Nueva Orleáns, sino sobre todo el país y muchas de sus autoridades.
En efecto, Nueva Orleáns es uno de los principales puertos de la nación. Su parálisis afectará la importación de una manera radical. Lo mismo respecto del petróleo que por allí ingresaba, además de las refinerías, cuya reparación significará bastante tiempo. Ni hablar sobre las tareas ímprobas que demandará secar la ciudad, cuyo 80% quedó bajo las aguas. Secado que ya es objeto de iracundas polémicas, porque a muchos les parece que será inhabitable debido a la corrosión de los cimientos. A estos aspectos materiales debe agregarse el más complejo y sensible que representan los cientos de miles de ciudadanos que se han quedado sin hogar ni bienes ni trabajo. Sin que haya existido una guerra, los Estados Unidos tienen, por primera vez, sus propios refugiados, como hasta ahora los tuvieron de a millones Europa, Asia y Africa. Tendrán que alimentarlos, darles asistencia médica, reubicarlos, conseguirles casas, ofrecerles un nuevo trabajo, devolverlos a las escuelas
La magnitud de este rompecabezas no se puede atribuir a un país enemigo, ni siquiera al terrorismo. Los culpables están en casa. Y hacia ellos apunta con creciente malhumor la sociedad. La prensa, que defiende a raja cincha su libertad de decir lo que considera justo, no escamotea la reproducción de críticas internas y externas. Esta capacidad para expresarse sin censura es uno de los factores que atizaron la grandeza del país. No hay día que uno no encuentre alguna nota donde se critique la renuencia de los gobiernos, tanto demócratas como republicanos, a frenar la polución que calienta el planeta; y es esta temperatura creciente la que provoca disturbios naturales, como el tifón y el huracán. ¿Cuántos Katrina serán necesarios hasta que se decida un cambio radical? ¿Cuántos Katrina serán necesarios hasta que se tengan más en cuenta los informes técnicos y científicos que los lobbies sectoriales?
Imagino los retortijones que padecen innumerables funcionarios, desde el presidente para abajo, cuando ven ciertas imágenes difundidas por la prensa y los comentarios que lanzan llamas en radios, diarios y televisión. Por cierto que las responsabilidades no son parejas. Aunque la comprensible furia de las víctimas tenga urgencia por colgar a algunos, ciertas conductas son admirables.
El alcalde de Nueva Orleáns, por ejemplo, es considerado hasta ahora como una suerte de Rudolph Giuliani, que ha preferido permanecer en su ciudad arrasada, sin agua ni luz, en vez de mudarse a Baton Rouge, la capital del Estado. Es un joven negro que llamó al presidente y fue, parece, quien le hizo comprender la hecatombe. No dudó en gritarle: “Man, esto es un caos, yo no tengo recursos. Necesito ayuda, ¿me entiende? ¡Necesito ayuda y si no recibo ayuda esta ciudad va a estallar!”. Pero la ayuda se demoró, por razones que ahora deberán ser explicadas. Quienes apoyan a Bush dicen que si hubiese enviado las tropas desde el comienzo, lo habrían acusado de siempre querer solucionar los problemas mediante las armas. Pero esas tropas habrían impedido parte de la anarquía, los saqueos y muchas muertes.
Tampoco la evacuación fue adecuada. Quienes poseían autos, camionetas y hasta motocicletas pudieron alejarse más o menos a tiempo. Pero los que carecían de transporte y de dinero aguardaron con desesperación los ómnibus y camiones que no llegaban en cantidad suficiente, con niños en brazos y enfermos tendidos sobre las veredas. El estadio llamado Superdome se sobrecargó de gente que confiaba hallar protección por un día y una noche, pero después, no pudieron salir a las calles convertidas en ríos mugrientos; los sanitarios no alcanzaban y quedaron sin luz, sin agua, sin comida. Sin orden ni autoridad. Allí murieron niños, ancianos y enfermos.
Nueva Orleáns empezó a adquirir las tonalidades del báratro cuando los primeros cadáveres comenzaron su siniestra navegación por las aguas barrosas. Más horrible cuando esos cadáveres se veían montados por ratas que les arrancaban voraces la carne hinchada y azul de la espalda y los muslos. Más horrible todavía cuando las ratas se aproximaban a los conglomerados de los que aún estaban vivos. Y junto con las ratas llegaban ondulando las serpientes. El hedor anticipaba la acelerada reproducción de bacterias y parásitos. La evacuación se encontraba con personas que no dormían, sino que habían muerto. Los gritos y sollozos no sólo provenían de quienes no encontraban a sus familiares, sino de madres que habían entregado a sus bebes para ser llevados a un hospital, y ya no sabían a cuál.
Es posible que muchos funcionarios se golpeen la cabeza preguntándose cómo pudieron ser tan negadores y creer que el Katrina no alcanzaría el grado 5 ni apuntaría a una ciudad importante, y que los viejos diques de Nueva Orleáns no podían ser quebrados. Ahora, deberán enfrentar el “otro huracán”. Sospechan que su negligencia tendrá que sufrir sanciones tan fuertes que se parecerán a los colmillos que exhiben las ratas de los pantanos. Pero si les quedan vida y posibilidad, sacarán enseñanzas de esta experiencia.
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