Miércoles 10 de Abril de 2002
No equivoque los cálculos, presidente Duhalde
HACE poco oí que los argentinos acabábamos de realizar una hazaña sin paralelo. No tenemos reclamos de frontera con los países hermanos, no padecemos conflictos étnicos y religiosos de otras latitudes, nuestras reservas naturales siguen intactas, no hemos sufrido epidemias ni bombardeos y, sin embargo, hemos demostrado una enorme energía, imaginación e irresponsabilidad para generar un caos de titanes.
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Somos únicos.
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Además, no nos consideran serios. Y ya se están olvidando de nosotros. Como si nos hubiesen cubierto las aguas del mar.
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El odiado Fondo Monetario Internacional ha tenido el espantoso éxito de aislar a la Argentina, ¡con la ayuda de los mismos argentinos! Ya no les preocupamos, porque quedamos marginados gracias al cordón sanitario que se aplica a los afectados por la peste.
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En el exterior, de la Argentina sólo se difunden las malas noticias. Una de las peores ha sido la que recorrió el mundo cuando el fugaz Adolfo Rodríguez Saá logró que la Asamblea Legislativa lo aplaudiese de pie durante dos minutos porque dijo que no pagaría la deuda externa. La ignorancia y el provincianismo de los que deben velar por la cosa pública nos ha convertido en parias. Tal vez muchos legisladores aún no tomaron conciencia del daño que cometieron.
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Por justos que sean los reproches a esa deuda, los compromisos no se borran así. Y quienes opinaron que estaba bien no pagarla que ahora nos digan como deshacer el entuerto. Es como cuando Leopoldo Fortunato Galtieri se lanzó a ocupar las Malvinas. Las consecuencias son evidentes y nos cuestan y costarán como una lluvia de fuego y azufre. También están a la vista las consecuencias de la súbita ruptura de la convertibilidad, así como la serie de aberraciones jurídicas que precedieron y siguieron al nefasto corralito. Una masacre.
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Lo terrible es que la situación no sólo es grave, sino que puede empeorar. Puede empeorar muchísimo. Lo expreso con dolor y temor. No puedo dejar de ser objetivo.
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Sin embargo, lo más desesperante es que la República Argentina ¡todavía tiene la oportunidad de recuperarse, de producir un milagro! Claro que ese milagro depende de los argentinos mismos. Nadie más que nosotros lo podrá efectivizar. De lo contrario, nos precipitaremos en una miseria que pintará de colores dulces el sufrimiento actual.
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Cálculos mezquinos
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Señor Presidente, quienes suponen que tocamos fondo se equivocan. Varias personalidades lúcidas lo vienen diciendo desde hace años. Un país nunca toca fondo, siempre puede estar más abajo. Aún no hemos caído a los niveles de algunas regiones africanas o asiáticas. Ese será nuestro futuro si seguimos con el festival de bonos, los mezquinos cálculos personales y partidarios, la impotencia de funcionarios y legisladores para hacer reformas estructurales. Bajará más nuestro prestigio y aumentará nuestro aislamiento.
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Señor Presidente, tal vez los bonos pronto nos lleven a la hiperinflación y a un dólar inalcanzable. Nos pareceremos a Sudán, Etiopía, Liberia. Usted será barrido por la tormenta.
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A menos que se opte por el milagro.
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Insisto en que es posible. Hacen falta hormonas, grandeza, visión.
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Hay que reconocer el diagnóstico descarnado. Luego, aplicar la medicina eficaz y tal vez heroica. Que de una vez y por mucho tiempo lance a la Argentina hacia la ansiada prosperidad.
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Las causas del derrumbe son numerosas y se podrían escribir enciclopedias. Pero debemos ser breves y precisos. Me limitaré a dos, que considero las más corrosivas:
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El Estado gasta más de lo que recauda. Esto es viejo y canceroso. En consecuencia, el Estado recurre a maniobras de todo tipo para satisfacer sus deudas, cada vez mayores. Para eso genera desquicios interminables: roba a los jubilados, incauta depósitos, pide prestado adentro y afuera, entra en mora, provoca el aumento de los intereses, etcétera. Esto debe ser atacado con verdad y vigor, duela a quien duela.
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La Justicia no goza de jerarquía, majestad ni independencia. La impunidad se ha convertido en la fuente de gravosos males. No hay previsibilidad ni confianza. No se puede programar a mediano plazo. Domina la "viveza", el acomodo. Los gases venenosos del delito se filtran por doquiera. No hay sanciones ejemplarizadoras.
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Como consecuencia de políticas irresponsables, corrupción desenfrenada, oportunismo y miopía, nuestro país se ha empobrecido en forma violenta. No sólo el país, sino sus habitantes. Nunca los argentinos llegamos a los niveles de miseria que ahora padecemos. Como si hubiésemos sido despedazados por un ciclón monstruoso que hizo añicos nuestros bienes.
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Se han desertificado las fuentes de trabajo. Todas las ciudades del país tienen edificios desocupados como sucede luego de una guerra. La Argentina productiva se convirtió en historia.
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¿Y yo hablo del milagro argentino?
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Hay políticos que hablan de reactivación...
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La reactivación será el milagro. Pero por más discursos que se pronuncien, las fuentes de trabajo no volverán a levantarse sin dinero. Esto es simple y basal. El milagro o la reactivación no es volver a la economía de supervivencia, sino abrir fábricas, crear servicios, exportar, dar créditos, facilitar el consumo. Resulta una tremenda ironía que nuestro país, cuyo nombre deriva de la palabra que significa "plata", lo que más necesita es plata, precisamente. Porque el dinero se nos fue. Podremos sollozar a mares sobre rapiñas y saqueos padecidos, pero también debemos reflexionar sobre los gastos sin límites a que se entregaron el Estado nacional y los Estados provinciales, que conforman la etiología profunda del desastre. Entre tantos enemigos que buscamos, debemos identificar el gran enemigo con el que dormíamos (y seguimos durmiendo): ese gasto sin control que nos llevó a la ruina. ¡Denuncie a ese enemigo, señor Presidente!
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El milagro se producirá sólo cuando nos llegue el dinero que necesitamos. Si hay un camino que logre el milagro sin ese dinero, que lo expliquen, porque se terminó el tiempo de la demagogia. Lo digo en criollo: hace falta guita, ni ilusiones ni promesas falsas.
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Ni patria ni sentimientos
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Los que caminan por el mundo saben que enormes capitales navegan la geografía planetaria y analizan con lupa dónde aterrizar. ¿Cómo hacer para que vengan aquí? El dinero no tiene patria ni sentimientos. Se mueve con el instinto animal de lograr su objetivo, que son las ganancias. Esas ganancias deben encauzarse con leyes que sean atractivas para el dinero y beneficiosas para el país. ¿Cómo? De la misma forma en que lo hacen los países serios y que, por ser serios, resultan previsibles y también opulentos. En otras palabras, con un Estado eficiente y sobrio, con una Justicia severa y confiable. Ahí está el secreto, señor Presidente.
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La Argentina puede convertirse en una paraíso para los inversionistas, porque está lejos de los conflictos que hieren a gran parte del globo. Pero los argentinos convertimos ese paraíso en un infierno del que se quiere huir. Hay que revertir la situación.
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Su gobierno, señor Presidente, como el de Fernando de la Rúa, se dedica a lo coyuntural. Actúa como los bomberos que corren de aquí para allí para apagar incendios: se ocupan de las inclementes llamas y no prestan atención al origen del fuego. Debería convocar a un gran acuerdo, inspirado en la Mesa de Diálogo que formó con el respaldo de la Iglesia y las Naciones Unidas, para que produzca a ritmo acelerado el paquete de medidas inviolables que inyecten al país la seriedad y juridicidad que le faltan. La Argentina debe armonizar la potencia de sus recursos con el orden de sus leyes e instituciones. Sólo así habrá dinero. Incluso mucho dinero.
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Y estallará el milagro.
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Señor presidente Duhalde, por favor, no equivoque los cálculos. Estamos en vísperas de peligros mayores. No vendrá el dinero ni lo ayudarán por lástima ni por promesas. Ya no nos creen más. Es la hora de producir hechos trascendentales, demostrar que podemos ordenar el país. Aunque las medidas duelan, aunque provoquen escándalo o fastidio. Ante una gangrena debe tomarse una tremenda decisión: ser complaciente con el enfermo o salvarle la vida.
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La sociedad argentina sufre un estado de emoción violenta. La arrasan sentimientos de frustración, odio, impotencia. Busca enemigos, pega a diestro y siniestro. Llora, grita, patalea. Pero todo ello configura la sintomatología, no la causa del mal.
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La causa es crónica y profunda.
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