Jueves 10 de Julio de 2003
¡Humillen a las provincias!


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Cursaba el colegio secundario cuando mi profesor de literatura española, al que llamábamos Fray Pocho debido a su apasionada militancia católica, decidió interrumpir sus interpretaciones coruscantes del Mío Cid para hablarnos sobre un tema actual: la nacionalización de los ferrocarriles que acababa de firmar el presidente Perón. Hizo desplegar en el aula un colosal mapa de la Argentina, donde se destacaban en negro las rutas de los trenes. Con sus dedos fue marcando los rayos que partían de la ciudad de Buenos Aires hacia todos los puntos del país. Nos explicó que en un principio esas rutas habían llevado progreso al interior y determinado el nacimiento y la prosperidad de muchas localidades. Pero su objetivo no era nuestra prosperidad, sino chuparle la sangre a nuestra producción, que era llevada al puerto de Buenos Aires y de allí remitida a Gran Bretaña. No existían conexiones entre las ciudades que no estuviesen abrazadas a las vías, no había tampoco un entramado interprovincial. "Con la nacionalización de los ferrocarriles -nos dijo convencido- vamos a corregir ese defecto."

Nos pareció un argumento imbatible. Pero no se corrigió ese defecto, sino que se agravó. Los ferrocarriles empezaron a funcionar cada vez peor y ya casi ni existen. Para colmo, el viejo diseño británico ahora se aplica a las rutas aéreas: si uno quiere trasladarse de una provincia a otra vecina, es obligatorio regresar a Buenos Aires. La Argentina es un enorme territorio incomunicado.

Me pregunto si esta incomunicación, este aislamiento cada vez más grave, no contribuye a generar el amargo fruto de la decadencia política. Es decir, caudillos sin vuelo, burocracias cancerosas, justicia amordazada, prensa controlada, corrupción, delito, pobreza, analfabetismo, parálisis. De vez en cuando estalla la bronca en algunas provincias y se toma conciencia del pantano en el que las corruptas dirigencias han hundido a la gente. Los medios sometidos a familias feudales no logran sostener la confusión mental y surgen movilizaciones, protestas y anhelos. Parece que se pone en marcha el imprescindible cambio. Entusiasma hasta las lágrimas ver las manifestaciones contra los crímenes e incontables abusos. Pero esas multitudes, ¿qué son? ¿Quiénes votaron a los caudillos que se eternizan, a los caudillos que con la coraza de la impunidad cometen o avalan injusticias sin fin? Ese aislamiento, todo aislamiento, deteriora el funcionamiento cerebral. Por eso los que un día protestan otro aplauden, sin memoria. Los subsidios, las prebendas y los puestos públicos operan como las cadenas de los esclavos, que no se atrevían a sublevarse contra amos y capataces porque se les había inculcado que las cadenas por lo menos servían para recibir comida y algún alivio.

A tantas iniquidades hoy se suma otra, que avanza. Ya no se refiere a la situación de la gente, sino a modificaciones institucionales que acelerarán la degradación de esa gente. Me refiero a la ignominiosa reelección indefinida. En varias provincias se ha logrado consumar su institucionalización sin las debidas sanciones políticas o sociales, lo cual estimula a proseguir la nefasta obra en los estados que aún no la impusieron.

Ataque en dos actos

Por lo general el embate se realiza en dos actos: durante el primero se reforma la Constitución para autorizar otro modesto período y durante el segundo se la vuelve a reformar para que esa reelección pueda competir con la eternidad. En otras palabras, la Constitución es apenas un obstáculo liliputiense, porque se la modifica como si fuese un traje a medida y al ritmo más antojadizo, para que no perturbe la voracidad de poder ni la urgencia de impunidad que agita el alma de los caudillos. La reelección indefinida es una caricatura de la democracia.

Quienes apoyan el establecimiento de semejante poder unipersonal o instalan dinastías familiares repiten la falacia, gastada e hipócrita, de que no se debe objetar la voluntad del pueblo. Desde los estudios de Jacques Le Bon, que perfeccionaron sucesivos científicos, se sabe que las masas no razonan: son manipuladas. Pierden la individualidad y se les evapora el pensamiento lógico. Son capaces de las acciones más heroicas o de las más abyectas, según lo ordene el líder. La vieja máxima de que el pueblo no se equivoca es falsa, porque el pueblo no es impermeable a la hipnosis de la demagogia y el encandilamiento de los mitos. Los caudillos lo sugestionan, someten y confunden. Y muy pocos son los caudillos altruistas de verdad, que arrastran sólo hacia las buenas causas.

La reelección indefinida es una ofensa a la democracia y no se impone en cualquier país, desde luego. Pero está resultando posible en la Argentina, desgraciadamente. Tampoco en cualquier provincia: por lo general triunfa en las más pobres, aisladas, o donde gran parte de la gente está engrillada a un puesto estatal. Semejante oprobio no resultaría viable en la Capital Federal, por ejemplo, donde por diversas razones la población no la aceptaría.

¿Reflejan las provincias, con esta actitud, un atraso respecto de la Capital Federal y los países más adelantados? Sí, aunque me cuesta decirlo porque soy provinciano. Mi acento cordobés brota cuando me apasiono o hablo en otros idiomas; también me encanta escuchar y repetir cuentos cordobeses y exaltar las virtudes históricas y humanas de Córdoba. Pero me duele que en mi provincia se haya reformado la Constitución para autorizar la reelección, y que esa reforma se haya llevado a cabo bajo un gobierno radical.

Las reelecciones no existían en la Argentina. Sólo con el actual período democrático se empezaron a poner en práctica. Y esta práctica es una prueba de atraso, no de progreso. De humillación, no de dignidad.

Ambición sin obstáculos

¿Benefician a la democracia? No. ¿Benefician a la calidad institucional? No. ¿Benefician a la renovación de la dirigencia? No. ¿Benefician a la transparencia de la gestión pública? No. ¿Qué benefician, entonces? Lo más regresivo. La impunidad. El control de la prensa. El sometimiento de la Justicia. El enriquecimiento ilícito. El nepotismo. La corrupción económica y moral. Vale la pena repetir el conocido apotegma de Lord Acton: "El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente".

Es también doloroso que nuestro flamante presidente haya realizado su segundo viaje en calidad de tal, apenas asumidas sus funciones, para respaldar la reforma de la Constitución de Formosa, con el manifiesto propósito de establecer también allí la reelección indefinida. Recordemos que Formosa es una de nuestras provincias más pobres, reiteradamente acusada de pagar a sus funcionarios los sueldos más altos del país. Es claro que el Presidente mostró coherencia: no sólo quería devolver favores al gobernador, sino permitir a otros hacer lo que él ya hizo: Santa Cruz reformó su Carta Magna (en dos actos, por supuesto) para competir con la eternidad y Néstor Kirchner logró ser elegido gobernador tres veces consecutivas. Valoro su coherencia, por supuesto, pero no en lo que atañe a la democracia, la calidad institucional y el progreso de la Argentina.

En Formosa acaban de terminar las deliberaciones de la Convención Constituyente y la nueva Carta Magna provincial será jurada en el curso de esta semana, aunque tuvo un final escandaloso, porque se retiraron los dos bloques minoritarios, que van a pedir a los organismos federales que declaren la inconstitucionalidad del nuevo texto por ser "la Constitución del oprobio". No es para menos. Quedarían eliminados los obstáculos que frenan las ambiciones reeleccionistas del gobernador, vicegobernador, diputados, intendentes y concejales. Además, como broche de la humillación a los habitantes de esa provincia, quedarían también eliminados los controles públicos que realizaban los legisladores para el caso, por ejemplo, de la toma de préstamos nacionales o internacionales.


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