Viernes 18 de Julio de 2003
La nueva arma letal
"¡Viva la muerte...!" Esta consigna es tan escandalosa y absurda que, después de la Segunda Guerra Mundial, parecía haber recibido un repudio suficientemente categórico para que nunca volviese a levantar la cabeza. Pero no fue así. Los crímenes prosiguen como si tal cosa y el encomio de la muerte integra aún el repertorio de muchas dirigencias alienadas.
Un endemoniado puchero de convicciones hace suponer a quienes privilegian la muerte que ésta será benigna con ellos porque actúan a su servicio. Es parte de la locura. Si yo mato, no voy a ser matado. Creen que, como la muerte es poderosa, ponerse bajo su escudo brindará privilegios. Si mato revelo mi fuerza. Si mato soy superior. Si mato alcanzaré la victoria. Si mato -rumorea pícaro el inconsciente- lograré la inmortalidad.
Es asombroso que ante una construcción tan falta de lógica se dobleguen hasta las teologías. El fanatismo ha reclutado en las últimas décadas el apoyo de sectores religiosos importantes, en contradicción evidente contra de lo que enseña la misma religión. Causa vértigo comprobar que en esas religiones -más aún en las monoteístas- se afirma que la vida es obra de Dios y que destruirla constituye el peor de los pecados.
Sin embargo, en nombre de Dios se destruye su obra aprovechándose del hecho de que El no acostumbra manifestarse para desmentir semejantes atribuciones.
En puridad, quienes se alían con la muerte lo hacen para que ésta les permita gozar mejor de los placeres que sólo se encuentran en la vida (honores, reconocimiento, amor, poder). Racionalizan los impulsos agresivos con falta de coherencia, para legitimarlos y encubrir su imperdonable criminalidad.
La Argentina fue el primer país de América donde se ensayó dos veces una nueva arma letal que debe prender un alerta rojo en todo el mundo: el terrorismo suicida. No podemos olvidar ese trágico privilegio, ni que hayamos sido escogidos para la masacre que logró su culminación (en número de víctimas, no en su macabro devenir) el 11 de septiembre de 2001.
La nueva arma letal es una mala noticia para el género humano. Integra la espantosa lista de inventos que sirven para darle ominosas cosechas a la muerte: armas químicas y bacteriológicas, tanques, bombarderos, bombas atómicas. El terrorista suicida es peor, porque bajo la apariencia de un joven o una muchacha inocente puede hacer estallar una carga nuclear que barra en medio minuto a una ciudad con millones de habitantes.
En los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, en los Estados Unidos, y en la embajada de Israel y la sede de la AMIA, en Buenos Aires, en la década del 90, se usó la misma técnica: jóvenes suicidas enviados por centrales terroristas para hacer trizas objetivos que produzcan la muerte de una impresionante cantidad de civiles, de modo de aterrorizar a la opinión pública y conseguir enorme impacto en los medios.
En aquellos años -cuando por esto escribí "Asalto al Paraíso"- nuestro país descendía hacia niveles de irrelevancia internacional, pero no lo consideraron irrelevante para ensayar ataques canallescos como los efectuados en Buenos Aires.
Tampoco podía dejar de hundir el dedo en nuestras propias llagas: la impunidad asociada a complicidades repugnantes. El atentado contra la embajada durmió el sueño de los justos en una Corte Suprema que no justificará nunca su impericia o negligencia, cuyo resultado es la evaporación de toda huella que pueda servir a una investigación seria.
Con respecto a la AMIA aún sigue el proceso. Es de esperar novedades que ojalá sean sísmicas respecto a los apoyos que se brindó desde instancias vinculadas con nuestros servicios de seguridad e inteligencia. Las declaraciones que harán funcionarios de la sospechada SIDE podrían brindar luz sobre la carnicería que nos castigó en la primera mitad de la pasada década. Son demasiados los corazones ansiosos que aguardan un convincente develamiento.
"¡Viva la muerte...!" Esta consigna es tan escandalosa y absurda que, después de la Segunda Guerra Mundial, parecía haber recibido un repudio suficientemente categórico para que nunca volviese a levantar la cabeza. Pero no fue así. Los crímenes prosiguen como si tal cosa y el encomio de la muerte integra aún el repertorio de muchas dirigencias alienadas.
Un endemoniado puchero de convicciones hace suponer a quienes privilegian la muerte que ésta será benigna con ellos porque actúan a su servicio. Es parte de la locura. Si yo mato, no voy a ser matado. Creen que, como la muerte es poderosa, ponerse bajo su escudo brindará privilegios. Si mato revelo mi fuerza. Si mato soy superior. Si mato alcanzaré la victoria. Si mato -rumorea pícaro el inconsciente- lograré la inmortalidad.
Es asombroso que ante una construcción tan falta de lógica se dobleguen hasta las teologías. El fanatismo ha reclutado en las últimas décadas el apoyo de sectores religiosos importantes, en contradicción evidente contra de lo que enseña la misma religión. Causa vértigo comprobar que en esas religiones -más aún en las monoteístas- se afirma que la vida es obra de Dios y que destruirla constituye el peor de los pecados.
Sin embargo, en nombre de Dios se destruye su obra aprovechándose del hecho de que El no acostumbra manifestarse para desmentir semejantes atribuciones.
En puridad, quienes se alían con la muerte lo hacen para que ésta les permita gozar mejor de los placeres que sólo se encuentran en la vida (honores, reconocimiento, amor, poder). Racionalizan los impulsos agresivos con falta de coherencia, para legitimarlos y encubrir su imperdonable criminalidad.
La Argentina fue el primer país de América donde se ensayó dos veces una nueva arma letal que debe prender un alerta rojo en todo el mundo: el terrorismo suicida. No podemos olvidar ese trágico privilegio, ni que hayamos sido escogidos para la masacre que logró su culminación (en número de víctimas, no en su macabro devenir) el 11 de septiembre de 2001.
La nueva arma letal es una mala noticia para el género humano. Integra la espantosa lista de inventos que sirven para darle ominosas cosechas a la muerte: armas químicas y bacteriológicas, tanques, bombarderos, bombas atómicas. El terrorista suicida es peor, porque bajo la apariencia de un joven o una muchacha inocente puede hacer estallar una carga nuclear que barra en medio minuto a una ciudad con millones de habitantes.
En los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, en los Estados Unidos, y en la embajada de Israel y la sede de la AMIA, en Buenos Aires, en la década del 90, se usó la misma técnica: jóvenes suicidas enviados por centrales terroristas para hacer trizas objetivos que produzcan la muerte de una impresionante cantidad de civiles, de modo de aterrorizar a la opinión pública y conseguir enorme impacto en los medios.
En aquellos años -cuando por esto escribí "Asalto al Paraíso"- nuestro país descendía hacia niveles de irrelevancia internacional, pero no lo consideraron irrelevante para ensayar ataques canallescos como los efectuados en Buenos Aires.
Tampoco podía dejar de hundir el dedo en nuestras propias llagas: la impunidad asociada a complicidades repugnantes. El atentado contra la embajada durmió el sueño de los justos en una Corte Suprema que no justificará nunca su impericia o negligencia, cuyo resultado es la evaporación de toda huella que pueda servir a una investigación seria.
Con respecto a la AMIA aún sigue el proceso. Es de esperar novedades que ojalá sean sísmicas respecto a los apoyos que se brindó desde instancias vinculadas con nuestros servicios de seguridad e inteligencia. Las declaraciones que harán funcionarios de la sospechada SIDE podrían brindar luz sobre la carnicería que nos castigó en la primera mitad de la pasada década. Son demasiados los corazones ansiosos que aguardan un convincente develamiento.
"¡Viva la muerte...!" Esta consigna es tan escandalosa y absurda que, después de la Segunda Guerra Mundial, parecía haber recibido un repudio suficientemente categórico para que nunca volviese a levantar la cabeza. Pero no fue así. Los crímenes prosiguen como si tal cosa y el encomio de la muerte integra aún el repertorio de muchas dirigencias alienadas.
Un endemoniado puchero de convicciones hace suponer a quienes privilegian la muerte que ésta será benigna con ellos porque actúan a su servicio. Es parte de la locura. Si yo mato, no voy a ser matado. Creen que, como la muerte es poderosa, ponerse bajo su escudo brindará privilegios. Si mato revelo mi fuerza. Si mato soy superior. Si mato alcanzaré la victoria. Si mato -rumorea pícaro el inconsciente- lograré la inmortalidad.
Es asombroso que ante una construcción tan falta de lógica se dobleguen hasta las teologías. El fanatismo ha reclutado en las últimas décadas el apoyo de sectores religiosos importantes, en contradicción evidente contra de lo que enseña la misma religión. Causa vértigo comprobar que en esas religiones -más aún en las monoteístas- se afirma que la vida es obra de Dios y que destruirla constituye el peor de los pecados.
Sin embargo, en nombre de Dios se destruye su obra aprovechándose del hecho de que El no acostumbra manifestarse para desmentir semejantes atribuciones.
En puridad, quienes se alían con la muerte lo hacen para que ésta les permita gozar mejor de los placeres que sólo se encuentran en la vida (honores, reconocimiento, amor, poder). Racionalizan los impulsos agresivos con falta de coherencia, para legitimarlos y encubrir su imperdonable criminalidad.
La Argentina fue el primer país de América donde se ensayó dos veces una nueva arma letal que debe prender un alerta rojo en todo el mundo: el terrorismo suicida. No podemos olvidar ese trágico privilegio, ni que hayamos sido escogidos para la masacre que logró su culminación (en número de víctimas, no en su macabro devenir) el 11 de septiembre de 2001.
La nueva arma letal es una mala noticia para el género humano. Integra la espantosa lista de inventos que sirven para darle ominosas cosechas a la muerte: armas químicas y bacteriológicas, tanques, bombarderos, bombas atómicas. El terrorista suicida es peor, porque bajo la apariencia de un joven o una muchacha inocente puede hacer estallar una carga nuclear que barra en medio minuto a una ciudad con millones de habitantes.
En los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, en los Estados Unidos, y en la embajada de Israel y la sede de la AMIA, en Buenos Aires, en la década del 90, se usó la misma técnica: jóvenes suicidas enviados por centrales terroristas para hacer trizas objetivos que produzcan la muerte de una impresionante cantidad de civiles, de modo de aterrorizar a la opinión pública y conseguir enorme impacto en los medios.
En aquellos años -cuando por esto escribí "Asalto al Paraíso"- nuestro país descendía hacia niveles de irrelevancia internacional, pero no lo consideraron irrelevante para ensayar ataques canallescos como los efectuados en Buenos Aires.
Tampoco podía dejar de hundir el dedo en nuestras propias llagas: la impunidad asociada a complicidades repugnantes. El atentado contra la embajada durmió el sueño de los justos en una Corte Suprema que no justificará nunca su impericia o negligencia, cuyo resultado es la evaporación de toda huella que pueda servir a una investigación seria.
Con respecto a la AMIA aún sigue el proceso. Es de esperar novedades que ojalá sean sísmicas respecto a los apoyos que se brindó desde instancias vinculadas con nuestros servicios de seguridad e inteligencia. Las declaraciones que harán funcionarios de la sospechada SIDE podrían brindar luz sobre la carnicería que nos castigó en la primera mitad de la pasada década. Son demasiados los corazones ansiosos que aguardan un convincente develamiento.
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