Lunes 23 de Junio de 2003
El pintor de la noche
WASHINGTON
La guerra contra el terrorismo, sumada a otras calamidades -hambre, abuso infantil, canibalismo, opresión, racismo y humillaciones múltiples que hacen trepidar la Tierra-, da la sensación de que atravesamos una lúgubre noche. En la noche se apagan los contrastes y se torna más esquiva la esperanza. Por lo general, crece la impotencia y brotan espectros que redoblan viejos y nuevos miedos. Aumentan el peligro y el temblor por amenazas que apenas se intuyen. Parecería faltar el oxígeno, perder fuerza la vida.
Pero también la noche desarma resistencias y deja fluir deseos. Es la estación del romance y la nostalgia, con enigmas, latidos sordos, inusuales asociaciones.
Mientras en Washington por una parte aumentan los signos de alerta debidos a la sospecha de nuevos atentados, en la National Gallery of Art se exhiben, con franco entusiasmo del público, las pinturas de uno de los autores más inspirados y menos conocidos de la noche, precisamente: Frederic Remington. La noche del miedo y la acción, del misterio y los colores transmutados.
Este Frederic Remington no tiene parentesco con otro Remington (1816-1889), que fue el ingeniero nacido en Illinois, recordado como el creador de dos instrumentos opuestos: el fusil a repetición y la máquina de escribir. Frederic, en cambio, nació en Nueva York en 1861 y falleció precozmente, cuando recién se comenzaban a reconocer los méritos de su originalidad artística, centrada en los colores de la oscuridad.
No es fácil obtener de la noche matices y contrastes. La negrura se encarga de esparcir carbonilla, borrar perfiles, emparejar diferencias. Frederic Remington tuvo el mérito de atrapar los elementos que esquivan el soplo azabache y desplegó escenas vibrantes, cuyos sombríos tonos dan embeleso a cada una de sus obras finamente concebidas, profundas en la expresión y cargadas de restallante inquietud. En ese sentido ha superado los nocturnos de James Whistler y los claros de luna de Charles R. Peters.
En busca del estilo
Frederic Remington era hijo de un héroe de la Guerra Civil y estudió arte en la Yale University. Luego tuvo que ganarse la vida en aburridas tareas como asistente de un pastor. Emigró a Kansas, donde sufrió sucesivos fracasos como administrador de un rancho y, luego, de un salón. Su pobreza era tan extrema que fue inicialmente rechazado por la familia de la joven que anhelaba desposar. La vida en el Oeste, sin embargo, le permitió captar la belleza del paisaje hostil y familiarizarse con las menguantes comunidades indias, cuyas tragedias le encogían el corazón. Regresó a la costa Este con muchos dibujos en carpeta y, sin esperar grandes resultados, las hizo llegar a editoriales de revistas. Recibió un mensaje de Harper Brothers de Nueva York, responsable de un semanario muy popular, cuando lo asfixiaba la desventura. No imaginó que su suerte cambiaría en forma radical. En poco tiempo demostró ser mejor que varios profesionales y su mano ágil empezó a construir una mitología del Oeste que pronto iba a ser tomada como realidad matricial por incontables dibujantes, pintores y -ya en el siglo XX- por un género que haría historia: el western.
Remington trabajó a un ritmo frenético y sus composiciones comenzaron a ser incluidas en otras revistas. A menudo acompañaba sus dibujos con artículos que aumentaron su prestigio como un testimonio indispensable de los acontecimientos que tenían lugar en la frontera.
Ya acumulaba celebridad y dinero cuando su vocación le impuso un giro copernicano. Asumió que quería ser pintor, un pintor de verdad; sus trabajos de ilustrador habían sido la mera antesala. Entonces canceló contratos y se aplicó a experimentar con colores vivos. Al principio le angustiaron los insatisfactorios frutos, que ni siquiera mostraba a sus íntimos. De súbito su empeño por transformarse recibió una inesperada y paradójica ayuda, que no tenía relación directa con su arte.
La explosión del Maine en 1898 desencadenó la conflagración hispano-norteamericana y Frederic Remington fue enviado a Cuba como corresponsal de guerra. Llegó con las expectativas de pintar grandes espectáculos bélicos. Las guerras de la Independencia y de la Secesión ya habían producido floraciones míticas, en las que sólo se evocaba lo épico. Pero Remington, en vez de encontrarse con maravillas homéricas, se topó con la desesperanza, la incompetencia y el enorme sufrimiento de militares y civiles. La brutalidad oscurecía todo raciocinio. En la retaguardia tomó conciencia de las miserias que produce el instinto asesino de los hombres. No quiso ver batallas, sino consolar heridos hasta que su espíritu se quebró y, hundido por una fiebre que no cedía a ningún tratamiento, fue repatriado.
Volvió maduro. Había conocido las atrocidades de las conflagraciones modernas y se encontró pintando los colores de la noche con una técnica novedosa, impactante, producto de las emanaciones de violencia, peligro, amenaza y hasta tétricos silencios que brotan en la oscuridad. Había emergido por fin el artista que se venía incubando en su interior.
Los críticos lo aplaudieron, pero Remington seguía insatisfecho. Consideraba que todavía no captaba los contrastes de la noche en plenitud. Lo habían enviciado el blanco y el negro de su primera etapa y sólo conseguiría su objetivo "si vivía lo suficiente". Pero no iba a vivir mucho, la muerte le rondaba. Era una muerte presentida, que le proveyó de garra a su obra. Un año antes de fallecer escribió en su diario que "ahora, por fin, consigo pintar el resplandor de la luz de la luna". Poco después, en la Galería Knoedler, de Nueva York, exhibió nueve asombrosos nocturnos que provocaron el delirio de los críticos. Cuando estaba dispuesto a dar rienda suelta a la producción que latía en su sangre, las complicaciones de una apendicetomía lo mataron en diciembre de 1909, a los 48 años.
Ahora es recuperado en gloria. Sus pinturas muestran lobos, indios, montes, fogatas, caballos, lagos, neviscas, hondonadas, pero también nos hacen escuchar el silencio, el terror, la expectativa, el descanso, la fatiga, el apuro. Nos brindan la esperanza de que incluso en la noche más cerrada hay luminosidades que sostienen la vida y nos aseguran el amanecer.
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