Domingo 26 de Enero de 2003
Para que la esperanza vuelva a florecer

Después de haber señalado varios de nuestros enemigos y describir en forma descarnada algunos vicios que cultiva la sociedad, es el momento de preguntarnos si la Argentina puede volver a florecer.
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La respuesta objetiva es sí.
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Pero depende de los mismos argentinos. No depende del FMI, ni de los demás organismos financieros internacionales, ni de la decisión, la lástima o la solidaridad ajenas. Todo lo que nos den o dejen de dar puede ser igualmente desastroso si no efectuamos correcciones internas. Hasta ahora hemos sido un cajón sin fondo, que malogró muchas y maravillosas oportunidades. Los argentinos somos los principales autores de nuestro destino. Pero esto, aunque parezca una obviedad tan repetida, no termina de ser asumido.
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Andariveles propios
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El universo se ha convertido en una aldea intensamente interconectada. No obstante, cada país camina por andariveles propios. Inclusive en el manejo de los factores externos los beneficios o las desventajas tienen que ver con el tipo de administración pública o la conducta que predomina en cada sociedad.
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La relación con esos factores externos -exigentes, desconfiados, egoístas- no es la misma cuando negocian con el gobierno de Nueva Zelanda que cuando tratan con un gobierno corrupto o incoherente del Tercer Mundo.
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En el breve espacio que brinda esta columna trataré de resumir algunos de los aspectos que, a juicio de muchos -supongo-, deberían cuidarse como el oro.
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Dentro de pocos meses tendremos en el poder un nuevo gobierno. Ganará uno de los candidatos que ahora circulan por el ruedo. Sabemos por experiencia que una vez tomado el bastón presidencial, no hará exactamente lo que promete en la campaña. Eso -me atrevo a decirlo- no sería lo peor, aunque significará resignarnos otra vez a la impudicia de la mentira, que es una de nuestras taras graves. Lo peor será que no cambie la tendencia a hundirnos. Que no nos saque del tobogán que nos empuja al abismo de la insignificancia.
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Si el nuevo presidente y sus equipos van a tener miedo de hacer reformas profundas y van a preferir el aplauso complaciente de quienes los votaron, en el mejor de los casos no habrá progreso.
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El gobierno de la Alianza pensó ingenuamente que el blindaje y el megacanje podían empujar para un porvenir lejano las temidas reformas profundas. No las llevó a cabo, aunque la ciudadanía esperaba su concreción.
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Recuerdo con vergüenza cuánta publicidad se realizó con esas dos palabrejas, como si hubiesen sido el nombre del antibiótico que finalmente curaría la enfermedad. No fueron el antibiótico, sino mera aspirina, como todas las alambicadas acrobacias que antes o después pretendieron esquivar el verdadero bulto. Esos mecanismos terminan en fracasos. Son el alambrito de nuestro pícaro folklore: a la corta o a la larga deja de servir.
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Ni urgencia ni vocación
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Cualquiera que sea la administración que se inaugure el 25 de mayo, tendrá en su favor compromisos reprogramados con el exterior y reservas por U$S 10.500 millones en el Banco Central.
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No es poco. Mejor dicho, es suficiente para continuar una metodología populista: mantener el clientelismo, instalar punteros como ñoquis, repartir pescado y alimentar los aparatos improductivos leales. Según hemos explicado ya en unas de estas notas, "populismo no significa interés dominante por el bienestar del pueblo"; añadamos que tampoco tiene urgencia ni vocación para realizar reformas política, tributaria, asistencial, docente, sanitaria y judicial en serio, reformas que el país necesita como el oxígeno para encarar su florecimiento.
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Si ése será el caso lamentable, habrán consignas y discursos que expliquen las demoras o las justifiquen o las describan como "nuestra patriótica resistencia a las infames pretensiones de los intereses foráneos". Disfrutaremos unos meses de relativa holgura, porque siempre la sociedad otorga un plazo de gracia, pero luego vendrá el colapso.
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Hace falta coraje y visión para encarar las reformas, por supuesto. Significa herir muchos intereses arraigados, ponerles el pecho a vicios profundos, crear enemigos. Pero la Argentina no podrá florecer sobre las mismas bases que provocaron su decadencia.
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No lo podrá hacer si sigue con la imprevisibilidad, la demagogia, la irresponsabilidad, las oscilaciones, la impunidad, la corrupción. Habrá que demostrar en forma concluyente que se adopta en forma definitiva el camino de la productividad y la excelencia, de la ley a rajatabla, del respeto férreo a los contratos, del exterminio a todas las formas detectables de la corrupción.
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No sólo redundaría en beneficios económicos, sino que sería la ejemplaridad tantas veces reclamada por el sector civil. La gente sabría a qué atenerse, vería con claridad las reglas de juego, tendría aliento para pensar, programar e incluso invertir a largo plazo. Se ensancharía el horizonte físico y mental. Habría más paz y optimismo en la calle y en el alma.
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Un buen gerente
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Es la tarea que cumpliría un buen gerente. La Argentina equivale a una empresa con abundante stock y empleados de excelente calidad, pero dirigida por un imbécil (es la palabra más suave que se me ocurre). Las pruebas sobran.
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La Argentina está en crisis por el desborde fiscal al que ningún gobierno se atrevió a ponerle freno, por la carencia de normas estables, por la falta de estímulos a la producción, por la horrible tendencia a ponerse bajo la protección del Estado en vez de lanzarse al trabajo competitivo, por la fijación a ideologías arcaicas y miopes que no tienen el coraje de analizar la conducta de los países que prosperan. Por no convocar a los mejores. Por no premiar los méritos y castigar los defectos.
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Tenemos recursos naturales infinitos, capacidad instalada ociosa, técnicos y profesionales que se nos van porque no se los sabe aprovechar.
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Hasta nuestra posición geográfica es una bendición, aunque estemos en el fin del mundo. También lo están Australia y Nueva Zelanda. Peor ubicado se encuentra Chile que, no obstante, ha evolucionado hacia una disciplina política, empresarial, estudiantil y trabajadora que nos debería servir de modelo.
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La Argentina puede volver a florecer, claro que sí. Hay un archipiélago de organizaciones civiles que despliegan tareas múltiples, con imaginación, pasión y eficacia. Millones de argentinos decentes trabajan o quieren trabajar, estudian o quieren estudiar, transmiten valores y sufren por la decadencia a que nos han llevado tantas fallas.
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Esa masa crítica debería ser tenida en cuenta con más atención por el gobierno que surja de las elecciones. Es la que apoyaría las reformas profundas. Es la que respaldaría un plan que instale bases sanas de equidad y coherencia, que descuartice las mafias, que devuelva a la política su noble misión de servir a la comunidad, aunque deba padecer la furia de los retardatarios.
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