26 de Mayo de 2006
Borges enamora en Washington


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WASHINGTON

En el curso sobre literatura latinoamericana que di en la American University se puso en evidencia el interés por la narrativa de Borges, que celebré con entusiasmo. La mayoría eran graduados con buena formación universal, todos norteamericanos, pero provenían de diversas ciudades, profesaban distintas religiones (musulmanes, católicos, bautistas, judíos, presbiterianos, agnósticos) y sus raíces se remontaban al Africa, Asia, Europa y también Nueva Inglaterra. Propuse trabajar con la excelente traducción de Andrew Hurley. Una de las inolvidables clases se centró en su cuento El proveedor de iniquidades Monk Eastman, cuyos destellos trataré de reproducir en esta columna.

En 1935 Jorge Luis Borges publicó unos “ejercicios de prosa narrativa” que habían aparecido en el diario Crítica, dirigido por Botana, con el seudónimo H. Bustos. Aún no se atrevía a redactar ficción pura y, sin embargo, esos relatos anticipaban la mayoría de sus rasgos distintivos. El volumen se llama Historia Universal de la Infamia. Ocupa un ambiguo espacio entre la ficción y la no ficción, habitado por delincuentes históricos que actuaron en los contornos de la sociedad. Alternan extremistas puritanos con inventores de mundos falsos que alienaban a sus corifeos. Borges se burla de estos villanos y de su repugnante conducta. Los convierte en personajes, aunque reduzca su vida “a dos o tres escenas”, como advierte en el prólogo.

Los estudiantes exploraron las referencias bibliográficas que refiere el mismo Borges, como la novela The Gangs of New York de Herbert Asbury, pero enseguida confirmaron que las demás citas eran apócrifas, como ocurriría en muchos de sus relatos posteriores. Era un recurso para ganar la credibilidad del lector, porque perpetraba el relato de otro relato, la reflexión de otra reflexión, con máscaras y símbolos, exageraciones y subterráneo humor. Desafía las clasificaciones convencionales de la literatura. Incluso la realidad es a veces envuelta en colores que la tornan irreal, con lo cual se disuelven las fronteras entre vigilia y sueño. El sardónico autor juega con la presunción de que reporta hechos históricos, pero dispara hacia niveles imaginarios sin que el lector advierta cuándo lo hace, demostró una joven de origen bengalí. Es producto de su genial manejo del lenguaje, aportó otra cuyos padres inmigraron del norte de Africa. Un estudiante de Boston marcó las enumeraciones dispares y la brusca solución de continuidad que reaparecen en otras narraciones de Borges y anticipan un recurso de Gabriel García Márquez. Cada cuento es también una punzante crónica periodística, explicó el único inscripto que sabía algunas palabras en castellano, por lo tanto este libro puede calificarse como precursor de A sangre fría de Truman Capote, dijo.

El señalamiento permitió advertir la estrategia que usó Borges en esta narración para demorar la aparición del personaje. Primero engancha el lector argentino con el breve capítulo titulado Los de esta América. Ahí describe un duelo entre dos compadritos en una larga y fluida frase, antológica por su síntesis, poesía, perplejidad y humor. “...dos compadritos envainados en seria ropa negra bailan sobre zapatos de mujer un baile gravísimo, que es el de los cuchillos parejos, hasta que de una oreja salta un clavel porque el cuchillo ha entrado en un hombre, que cierra con su muerte horizontal el baile sin música”. Después agrega: “Resignado, el otro se acomoda el chambergo y consagra su vejez a la narración de ese duelo tan limpio”. Cierra: “Esa es la historia detallada y total de nuestro malevaje”. Entonces anticipa lo que sigue: “La de los hombre de pelea en Nueva York es más vertiginosa y más torpe”.

En el segundo capítulo, también con una larga frase equivalente a una melodía tensa cuyo interminable dibujo deja sin respiración –me atreví a observar–, el autor pinta la Nueva York de los pistoleros con “una crueldad propia de las cosmogonías bárbaras”: bandas de forajidos que merodean entre los laberintos de cloacas, criminales que reclutan asesinos precoces de diez y once años, gigantes descarados como los Galerudos Fieros, que procuraban la inverosímil risa del prójimo con un firme sombrero de copa lleno de lana y los vastos faldones de las camisas ondeadas por el viento del arrabal, con un garrote en la diestra y un pistolón profundo; bandas como los Conejos Muertos, que entraban en batalla bajo la enseña de un conejo en un palo; hombres como Johnny el Dandy, famoso por el rulo aceitado sobre la frente, los bastones con cabeza de mono y el fino aparatito de cobre que solían calzarse en el pulgar para vaciar los ojos del adversario; hombres como Kit Burns capaz de decapitar de un solo mordisco una rata viva... Y la descripción sigue su curso tormentoso hasta desembocar en el esperado héroe, Monk Eastman.

Se torna notable el contraste con el tango de la primera escena, porque Nueva York no es la Argentina. Una cosa es el duelo entre dos compadritos que danzan sin música, y cuyo sobreviviente dedicará la vida a relatar ese solo y espléndido episodio, otra el caos de una ciudad donde Monk Eastman dirige una desordenada banda de doscientos hombres.

El humor de Borges fue motivo de varias observaciones. Vimos que lo practicaba en el título oximorónico de sus relatos: El atroz redentor, El proveedor de iniquidades, El asesino desinteresado, El incivil maestro de ceremonias, El brujo postergado, El espejo de tinta. Una frase se refiere a “la basura antigua y venerable”. También sorprende con imágenes y situaciones disparatadas. No dice que Eastman es un criminal, sino “un proveedor de iniquidades”. Pero no lo escribe así por preciosismo, sino para generar otro tipo de sensación estética. Me permití contarles una anécdota para confirmar el dato. Borges se burlaba de las expresiones falsamente “cultas” y disparó en un reportaje: “Estoy asombrado, yo sabía que era ciego, pero ahora escucho que en las radios me dicen no vidente”.

Las exageraciones, las repeticiones y las inesperadas asociaciones le permiten a Borges mostrar el lado ridículo de las peleas, apuntó una mujer que se especializa en guiones de cine. Señaló: “Unos cien héroes vagamente distintos de las fotografías que estarán desvaneciéndose en los prontuarios, unos cien héroes saturados de humo de tabaco y de alcohol, unos cien héroes de sombrero de paja con cintas de colores, unos cien héroes afectados de enfermedades vergonzosas, de caries, de dolencias de las vías respiratorias o del riñón, unos cien héroes tan insignificantes y tan espléndidos...” lleva al martillazo sarcástico de “como los de Troya y de Junín”. Más adelante sentencia: “Lo cierto es que pelearon con fervor, parapetados por el hierro y la noche”. Y concluye: “Al primer vislumbre del amanecer el combate murió, como si fuera obsceno o espectral”.

El héroe central es Monk Eastman, que colorea como un modelo ruinoso y monumental, de pescuezo corto, como de toro, la nariz rota, la cara aunque historiada de cicatrices menos importante que el cuerpo, las piernas chuecas como las del jinete o el marinero. Podía prescindir de camisa como también de saco, pero no de una galerita rabona sobre la ciclópea cabeza. Solía recorrer su imperio forajido con una paloma de plumaje azul en el hombro, igual que un toro con un benteveo sobre el cuero. El malevo convencional de los filmes es este personaje, “no el epiceno y fofo Capone”. Por cada pendenciero que Eastman serenaba, hacía con el cuchillo una marca en el garrote brutal. “Cierta noche, una calva resplandeciente que se inclinaba sobre un bock de cerveza le llamó la atención, y la desmayó de un mazazo. ¡Me faltaba una marca para cincuenta! exclamó después”.

Para Borges, Monk Eastman no es un criminal, sino una leyenda. No focaliza su moral, sino sus extravagancias de villano. La aparente neutralidad del narrador permite que el texto sea el que movilice las emociones y ponga en evidencia la alienación de los personajes, que pelean por causas que dan pena debido a su irrelevancia. El último apretado capítulo se llama El misterioso, lógico fin.

Lógico y misterioso no son necesariamente sinónimos, debatimos en clase. Nos pusimos de acuerdo en que Borges aquí utiliza la sequedad de la crónica: “El veinticinco de diciembre de 1920 el cuerpo de Monk Eastman amaneció en una de las calles centrales de Nueva York. Había recibido cinco balazos. Desconocedor feliz de la muerte, un gato de lo más ordinario lo rondaba con cierta perplejidad”.

Nos prendió el adjetivo “ordinario” puesto en el felino y destacamos otros precisos y vibrantes adjetivos sembrados en sus obras. Al concluir esa clase los ojos redondos y las sonrisas complacidas revelaban un enamoramiento desenfrenado por este autor argentino.


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