Miércoles 27 de Agosto de 2003
La Colombia de Uribe, entre los tiros y la esperanza
CALI
En Colombia, este hermoso país, evoco las palabras de Francisco de Paula Santander, esclarecido fundador de la República: "Las armas os han dado la independencia, las leyes os darán la libertad". A casi dos siglos de distancia, se siguen disparando alegremente las armas y se tiene poco respeto por la ley. En consecuencia, funciona una independencia casi estéril y casi nadie disfruta de la libertad. Hay violencia, desencuentros, confusión. Todo el pueblo vive bajo la constante amenaza de los diversos poderes que se disputan el territorio.
Los esfuerzos realizados por el ex presidente Pastrana para llegar a la paz con los guerrilleros terminaron en frustración. Ahora, el presidente Alvaro Uribe despliega una táctica distinta, y tras un año de tomar las riendas, goza de más prestigio y confianza que todos sus predecesores. En la sufrida Colombia encontré por fin voces de esperanza.
En una provechosa cena con el jesuita Javier Sanin, que durante veinte años fue rector de la prestigiosa Universidad Javeriana, y con Hermando Corral G., director del Instituto Jorge Eliécer Gaitán, pude encontrar el hilo de Ariadna que me permitió recorrer el laberinto de la ominosa guerra que desangra a este país de maravillas. Pusieron delante de mis ojos pruebas sobre pruebas. Las FARC, surgidas en la década del 60, son de pura ideología stalinista, fundadas y sostenidas por la ex Unión Soviética, no por Cuba (que más adelante empezó a brindarles asistencia). Cuando a su líder Manuel Marulanda, alias "Tirofijo", se le dijo que todos los regímenes stalinistas llevan a la miseria a sus pueblos, respondió con la soberbia de los fanáticos: "Aún no se probó en Colombia". Sostuvo -por arte de sus convicciones arcaicas- que allí las relaciones sociales y de producción serán otras que las experimentadas en Rusia, China, Vietnam, Corea del Norte y más de diez sufridos países de Europa oriental.
Las FARC practican el narcotráfico sin pudor, con el objetivo de lograr financiamiento para sus armas, tropas, campamentos, secuestros y asaltos inclementes a los aldeanos, a los que pasan a degüello si no acatan su autoridad. El control que ejercen sobre las poblaciones conquistadas es totalitario, porque incluye la obediencia ciega, la censura absoluta y una lealtad que debe renunciar a los afectos, incluso a los de familia. La crueldad no se limita al asesinato de niños, mujeres y ancianos y a la ejecución de los alcaldes que ofrecen resistencia, sino a la erección de siniestros campos de concentración para encerrar a prisioneros valiosos, a los que se mantiene engrillados y sometidos a vejaciones, como me han podido demostrar. Varios países asociados al terrorismo les han dado apoyo, en especial Libia, que dio entrenamiento a comandos especializados en la preparación de explosivos. Libia tiene ahora la presidencia de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas...
Durante mi última visita a España tuve agitados encuentros en el País Vasco, donde escuché lamentos por los crímenes de la ETA, que, además de asesinar gente y exigir el "impuesto revolucionario" (técnica mafiosa de "protección"), genera una alarmante fuga de talentos y capitales. Pero cuando mis interlocutores se refirieron a las FARC las consideraron diferentes, idealistas, admirables, empeñadas en lograr mayores cuotas de justicia. Esa irresponsable doble vara para medir la insurgencia no la comparten en Colombia, por supuesto. La ceguera de mis interlocutores españoles, sin embargo, es compartida por casi toda Europa, que rechaza los pedidos de Colombia y de los Estados Unidos para incluir a las FARC en la lista de organizaciones terroristas.
Para colmo, las FARC ya no se limitan a su país: han comenzado a cruzar la frontera en todas las direcciones. Hallan refugio en la Venezuela del populista Hugo Chávez y empiezan a martillar en los confines de Brasil, Ecuador, Perú y Panamá. Expanden la fetidez del narcotráfico, la muerte indiscriminada y la fascinación del totalitarismo.
En Colombia hay hartazgo de las guerrillas mesiánicas que sólo producen la desertificación de los espíritus y la ruina del país. Sus promesas de un mundo mejor son la moneda falsa que encubre mezquinas ambiciones e infinita ausencia de misericordia. De ahí que la actual gestión del presidente Alvaro Uribe cuente con tanta simpatía, pese a los desquites desesperados de la guerrilla.
Uribe es un hombre con experiencia y con mundo. Un "antipolítico" que conoce como nadie la política. Con aire de campesino, ruana al hombro y sombrero de amplias alas, no duda en sacar pecho en las zonas más calientes. Se ha metido en Arauca, territorio cruzado por escaramuzas de diverso signo. Y no le arredra que hagan impacto contra sus vehículos de aire o de tierra. Por primera vez los colombianos comprueban que ser el comandante en jefe no es una mera formalidad.
Su gobierno no sólo está empeñado en derrotar a la guerrilla, sino a la corrupción y a la inestabilidad jurídica. Es un liberal que no descansa para que se reduzca el gasto público, se incrementen las inversiones, se consolide la democracia y mejore la calidad de vida. Opina que al país hay que ponerlo frente a sus grandes problemas y no distraerlo con cortinas de humo. Dio pasos concretos en materia de seguridad, con la creación de brigadas móviles y con la incorporación de millares de policías bien entrenados y de soldados campesinos destinados a las zonas rurales carentes de protección. Este último punto es crucial, porque se estima que unos 120 alcaldes viven amenazados. Gracias a estas medidas, ya los secuestros bajaron en una tercera parte, los retenes ilegales cayeron a la mitad y disminuyó en un 78 por ciento el ataque a las poblaciones rurales. El tránsito por las peligrosas carreteras del país se triplicó gracias a las Caravanas Vive Colombia.
No es menos importante la reforma del Estado, que apunta a terminar con el crónico mal del clientelismo político. Desde que fue gobernador de Antioquia, Alvaro Uribe dijo que está obsesionado con la disminución de la burocracia, el castigo a la corrupción y los límites a la prepotencia sindical encadenada por intereses corporativos opuestos a los de la nación.
Contra los pronósticos de quienes están enjaulados en los prejuicios populistas, las medidas de austeridad no provocaron una meseta recesiva, sino que la economía colombiana, con guerrilla en volcánica actividad, creció un 3,8 por ciento, la cifra más alta de los últimos cinco años. Además, bajó el desempleo del 16 al 13 por ciento, y se comprueba una mayor confianza de los inversionistas.
Uribe obtiene enseñanzas del pasado. Sabe que con el fanatismo no se negocia desde la ingenuidad, y que para quitarle nutriente a sus argumentos es necesario generar la riqueza que sólo se consigue con inversiones, coherencia interna e internacional, estabilidad y una clara visión del proyecto de país que se anhela.
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